El pasado mes de septiembre, en Valencia, las multas de tráfico aumentaron exponencialmente. Lleva sucediendo tres años: es llegar septiembre y se produce un pico en el número de multas. Nadie se queja y ninguno de los multados ve en esto un afán recaudatorio. Es más, la mayoría de los infractores recibe su multa con una sonrisa complaciente. El motivo es que estamos hablando de multas morales.

Cada año, miles de alumnos de la ciudad mediterránea abandonan durante poco más de una hora sus clases para salir a las calles y mostrar a la gente la ciudad que quieren. De esta forma imponen multas simbólicas para castigar aquellos comportamientos que censuran en cuestión de movilidad.

La iniciativa se lleva celebrando seis años y se enmarca dentro de la Semana Europea de la Movilidad Sostenible. Se busca, así, señalar acciones censurables como la obstaculización de pasos de cebra o el estacionamiento indebido de vehículos. De esta forma se conciencia a los ciudadanos que reciben la multa, pero también al alumnado que la impone. La idea es inculcarles ciertos valores cívicos, hacer que se familiaricen con ciertas normas de educación vial y que comprendan que esto es una responsabilidad de toda la sociedad en la que hay que involucrarse.

 

Las multas morales de Tonucci

La idea viene del pedagogo italiano Francesco Tonucci. En su libro Cuando los niños dicen ¡basta! sostiene que “el mayor problema de los niños en las ciudades es que nunca están solos entre ellos, sin adultos”. El pedagogo añora su infancia, cuando los niños podían jugar en la calle sin problemas ni supervisión y avisa de que esta práctica se está perdiendo básicamente debido a dos factores: la inseguridad y el tráfico. Tonucci asegura que el primer motivo, al menos en el contexto europeo, es más mediático que real. Respecto al segundo, el del tráfico, hace un análisis más exhaustivo. 

“Hemos destruido las ciudades y es difícil que se puedan recuperar sin algo creativo”, aseguraba en una entrevista concedida a El País en 2003. Tonucci es romano, proviene de una ciudad, pues, donde el tráfico rodado tiene prioridad sobre el peatón y quizá por eso lleva años alertando de los efectos negativos que esta prioridad tiene sobre la infancia. “No debemos tolerar que un niño no pueda cruzar porque los coches no paren en el paso de cebra. Eso supone considerar los derechos de los coches más importantes que los de los niños”, asegura.

Fruto de estas reflexiones nació a principios del siglo XXI su experimento llamado La Ciudad de los Niños. El objetivo es que los niños vayan solos al colegio y la manera de conseguirlo es que por el camino vayan poniendo multas morales a los coches que infrinjan las normas de tráfico. 

La Ciudad de los Niños se ha implantado en distintas ciudades de Italia, Argentina y España. Casi 20 años después de su primera puesta en práctica, podemos decir que los resultados no han sido revolucionarios, igual porque solo se ha adoptado a nivel simbólico. Sin embargo, al menos en un plano teórico, las ideas de Tonnuci son muy estimulantes. Hacen pensar que otro tipo de ciudad es posible. Y miles de niños, cada mes de septiembre, están luchando por conseguirlo.

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